martes, 5 de julio de 2016

Bondi #6305 (Aprox.)



La
imagen
de la mancha
de vómito
sobre la cortina roja-veteada
de la ventanilla
del bondi,

atraviesa,
diáfana,
la lente
de mi retina izquierda y

se filtra
a través de la maraña
de alambre de púas y retazos
de vidrio oscuro,

proyectando en colores,
negro,
gris,
rojo,
marrón,
blanco y
una gota de azul

un vitreaux líquido
de franjas
de teorías y teorizaciones,
y letras
y fuegos
y el sonido
de los pies
y los tambores
que gritan,

que se chorrea,

traslúcido,

todo

sobre el retrato
perfecto
de tu cara
en el lado
interno
de mi nuca,

que talló
ese hombrecito
patético y amargado
que vive en mi cabeza
cantando canciones tristes.

jueves, 3 de marzo de 2016

Asientos.



Asientos
lo suficientemente cómodos para mantenerse sentado.

Asientos de madera
lo suficientemente incómodos para que no te duermas (o al menos esa es la idea).

Asientos austeros
que permiten la ductilidad de pararse y sentarse rápidamente,
a la orden.

Asientos simples, rígidos, inamovibles.
Todos apuntando al mismo lado.
¡Todos firmes!, ¡vista al frente!

Todos repiten sincronizados, programados,
a los ojos del boludo que tienen enfrente y más arriba:

“¡SÍ, SEÑOR!”

Repiten los boludos.

viernes, 12 de febrero de 2016

El ritual de la resiliencia.


Preámbulo.

Primero viene el golpe. El shock. No se siente. No pensar. Seguir el instinto (o a veces la inercia). Seguir corriendo.

El frío no existe. Sólo la ausencia de calor. El calor, sin fuente de concentración, se disipa rápidamente.

Pasados el shock y el calor entran los espasmos.

Contraerse. Hasta lo más profundo y no soportarse a uno mismo. Expandirse hasta los límites de lo imposible y más a un quizá.

Buscar la síntesis
entre atomizarnos
o desgarrarnos.


Paso I.

Internarse en el bosque, más y más.
Atravesando las nieblas y apartando las hojas secas, quebrando ramas.
El rumor distante de un cervatillo que huye de los lobos.
No detenerse en ningún claro o arroyo, ni siquiera a tomar aliento. Conservar la mayor cantidad de calor posible.

Continuar hasta la espesura misma. La humedad, el aire pesado, la respiración trabajosa a ritmo galopante.
Dejar la piel y la sangre entre las zarzas y matorrales. Flotando entre el rumor de pájaros y el perfume fuerte de las hojas.

Detenerse sólo al llegar a una laguna, lago o, en lo posible, mar.


Paso II.

A la vera del agua, buscar entre las piedras:

Primero y esencial, una aplanada, del tamaño al menos de la palma de la mano extendida, y de terminación en punta, afilada en el mejor de los casos, de ser posible obsidiana.
En última instancia, afilar sobre otra piedra, para luego aplanar el extremo diametralmente opuesto, hasta lograr una forma más o menos triangular o pentagonal, aproximadamente. Tomarse el tiempo que haga falta. Trabajar la piedra a con paciencia, calma y atención. En absoluta abstracción.

Luego, buscar otras dos piedras, planas y pesadas. Una mayor que la otra.

Colocar la piedra mayor al borde del agua con su cara más plana y de mayor superficie mirando al cielo. Hechos estos preparativos, aguardar cinco días en la costa.


Paso III.

Durante cinco días procurarse alimento entre las plantas y animales cercanos, fuego y refugio si fuere necesario.
A la caída del sol del quinto día, sentarse ante la piedra mayor, de cara al agua, y con las piernas cruzadas, llevando las dos  piedras restantes y colocándolas sobre la mayor.
Contemplar durante toda la noche, en vela.
Mantener la posición. Ayunar.


Paso IV.

Al indicio de que las estrellas comienzan a ceder ante el alba, ponerse de pie. Despojado de toda prenda, sumergirse en el agua.
Lavar tierra, sangre, restos de cualquier tipo. Sentir la deliciosa ingravidez de estar rodeado de agua.
Aún en el agua,  despojarse, con ayuda de la piedra triangular, de todo exceso de cabello en la cabeza, rostro y pecho si llegase a ser necesario. Una vez terminado, volver a sentarse ante la piedra mayor antes de que el sol alcance su punto más alto.


Paso V.

Llegado el punto cúlmine del sol, tomar con la mano izquierda la piedra triangular o pentagonal, por su extremo más ancho.
Elevar el brazo hasta que se encuentre casi en paralelo con el suelo.
Afirmar la punta de la piedra dos dedos por debajo del pectoral izquierdo, inclinada a unos treinta grados, en relación con el torso, con la misma mano.
Contemplar todo aquello hasta donde se pierda la vista, la espalda y cabeza rectas en una misma línea, ojos paralelos a la tierra.

Empleando la mano derecha, golpear firmemente y con decisión el  extremo plano de la piedra, a fin de que se entierre buena parte de ella. Es ideal que esto se logre de un solo intento, de la misma forma que se fuma la divina salvia, de un golpe. De no lograr el cometido, arremeter una segunda vez.

Relajando el brazo izquierdo, dejarlo caer.

Asir la piedra con la mano derecha, y trazar un arco en la carne, desde el punto donde entró, hacia un lado, el izquierdo, y luego hacia arriba.

Una vez terminado el recorrido, dejar la piedra a un lado.


Paso VI.

A partir de este momento se empleará sólo el brazo derecho, teniendo en cuenta la muy posible incapacitación del izquierdo. Se recomienda apelar a la templanza para sobrellevar el probable cuantioso dolor, o disfrutarlo, pero de la manera que sea, no ceder ante el mismo.

Empleando la fuerza de la mano, y si hiciera falta con ayuda de la piedra recientemente utilizada, levantar  la porción abierta, abriendo unos centímetros de luz, los que sean necesarios para poder manipular el interior.

Hecho esto, hurgar en la herida hasta hallar una masa prominente, pulsante y quizá tibia. Asirla con fuerza y no confiarse: es posible que intente escapar.
Tirar con firmeza hasta que se desprenda y sacarla al exterior.

Colocarla sobre la gran roca en frente nuestro.

Tomar la otra piedra y, con decisión, golpearla repetidas veces el tiempo necesario hasta descuajeringarla.

Sí. Descuajeringarla.


Paso VII.

Una vez amasijada la masa, tomar los restos y estrujarlos con el puño lo más posible. Si no cabe todo, realizar la operación varias veces.
Una vez aplastados los restos, tomarlos, y poniéndose uno de pie, caminar un par de pasos hacia el agua, con la superficie rozando las pantorrillas.

Se recomienda decisión, y, entonces, arrojar lo más lejos posible los restos.
Hacer lo mismo con las dos piedras empleadas con la masa moribunda.

Es ideal que todos los elementos vuelen lo más lejos y se entierren lo más profundo posible.

Acto seguido, dejarse caer en el agua.


Paso VIII.

Nuevamente, sumergirse.

Ingrávido,

sintiendo cada borde de la propia existencia.

Lavar la herida a conciencia, tratando de detener el sangrado.
Aprovechando los restos del sol, vagar por la costa en busca de herbáceas a triturar a fin de formar una pasta que cimiente la abertura infligida antes.

De ser posible, y una vez logrado esto, hacer un modesto fuego con los elementos disponibles y reposar al precipitarse el sol.


Paso IX.

Al ralear la noche entre jirones de nubes y mechas de azules varios,

abrir los ojos.

Aprovechar el tiempo que dure el gris para volver a familiarizarse con el cuerpo, sin precipitarse.
Recuperar conciencia de brazos, piernas, torso, cabeza.
Sentir la mordida de la carne, sufrirla, abrazarla y hacerla parte.
Al abrirse la mañana, será preciso ponerse de pie.

Una vez más, procurarse refugio y comida aprovechando las inmediaciones. Acampando a la vera de la arboleda, la arena entre los dedos y su caricia constante contra el cuerpo, los pincelazos ardientes del sol y las virutas de espuma de la costa.

Durante el día, trabajar a conciencia, a saber, en lo siguiente:

.Continuar con la conciencia del cuerpo. Reconocerse con el mismo, reencontrarse, ser capaz de sentir cada extremo de cada cabello.

.En paralelo, realizar el mismo proceso con la mente, manteniéndolos a la par, volverse consciente de los pensamientos, ideas y sentimientos. Permitir su flujo, identificar, separar y seleccionar.

Este proceso dual resulta propicio no sólo para recuperar la fortaleza física y mental empleada durante el rito y expandir los límites de las mismas, sino que facilitará expulsar cualquier resto de la masa que hubiera podido permanecer adentro a partir de algún desprendimiento previo inesperado.

De la misma forma que el músculo se suelda, recupera y fortalece tras un pequeño desgarro u herida, lo mismo harán mente y espíritu.

Todo esto se sucederá aparejado de una constante labor manual, concreta, cotidiana, de recolectar los materiales a fin de elaborar las herramientas propias para la caza o la obtención de los alimentos, para construir el fuego y el refugio, aprendiendo a partir de la propia experiencia de ser necesario, a fin de acampar cuarenta días y cuarenta noches en total.

En la dinámica entre el plano material de los oficios terrestres y el plano perceptivo de uno mismo, se propulsará la espiral que permitirá el avance del proceso.


Paso X.

Habiendo transcurrido el tiempo indicado, abocándonos a las labores, contemplando los cielos y los mares, los vientos a través de las espesuras, desde las delicadas incontables fibras de las hojas hasta el borde mismo de lo existente fundido entre las profundidades del agua y el cielo que con sus fuegos la tiñe, desde el rincón más recóndito del alma donde late la última braza hasta aquel punto donde se pierde la vista más allá de las nubes y las mareas, es propicio partir.

Con los flagelos del ritual comenzando a sanar y el cuerpo recomenzando sus ciclos, dar la espalda al sol que abre cuadragésimo primer día, e internarse entre los árboles. Desandando los senderos antes transitados con prisa, y trazando nuevos, apreciando cada claro, cada lámina de luz que se filtra entre la bóveda de las frondas, cada ave, cada rumor de agua, de aire, la humedad misma del bosque.

Proseguir de este modo el viaje,
con sus caminos inciertos,
abriéndose camino,
cantando el adagio
de la experiencia.