viernes, 22 de mayo de 2015

Y entonces el fuego…

ola salvaje del amanecer.
La tormenta de luz
que no pide permiso.

La llama, la memoria,
la chispa que enciende
la sangre de los caídos.

La luz sobre los caminos.
La luz de las lanchas.
La luz que muerde.
La luz que vuela sobre los ríos de barro.

Y no estoy hablando de Viet-Nam...

¡No!.

El sol hierve un campo de batalla,
en nuestras calles olvidadas.

Hay una guerra en marcha,
Y es el bando más numeroso
el que más bajas va sufriendo.

Y entonces el fuego...

que llega a cada rincón,
de la montaña al mar.
Que llena hasta el último pozo.

El fuego que nos obliga a mirar,
a no cerrarlos ojos.
El fuego arma del tirano
y del oprimido.

El fuego no mira qué quema,
solo come.
Por dentro y por fuera,
solo come.

Y entonces el fuego…

dejaremos que nos trague.
O lo usaremos para fundir
los escombros del viejo mundo.

Será bomba
y fábrica.
Horneará los ladrillos
de un nuevo día.

martes, 14 de abril de 2015

Seguimos en el taller.

Últimas noticias desde nuestro zig-zag de producción. Si bien las rotativas nunca pararon, sí venían algo truncas, pero definitivamente seguimos en camino. Esten atentos para más detalles, pero dentro de no mucho se viene algo, no se de que tamaño, pero algo se viene.
Para los curiosos, todavía quedan algunos ejemplares de Anhedonia, que próximamente se van a poder conseguir en algún que otro lado, y no habrá próxima tirada hasta que sea más o menos solicitada.

El tarzo, como siempre, de Yamel.
Cualquier otra palabra está de más.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El proceso del sentimentalismo. (opereta)

Obertura: La espera. (grave)

Imaginemos una puerta. Así, de puro contraste contra la pared, sin ventanas, banderolas, tragaluces o misceláneos que la acompañen. Puede ser el tipo de puerta que gusten, de esas antiguas, pesadas, con más años que la nona, que se hinchan ferozmente de humedad los días de lluvia; puede ser de esas de contrachapado, modernas;  hasta puede ser una puerta pentágono con 32,5 cerraduras. Puede ser con picaporte, manija, aljaba, pomo o con un alambrecito, porque era de chapa y el rancho no daba para más.
La cuestión es que se figuren una puerta, ahí subiendo desde el zócalo (en el sentido metafórico, la pared puede no tener zócalo; de ese modo también figúrense la pared como les parezca, al igual que la puerta con todos sus detalles, o no, puede ser una puerta minimalista). Definitivamente concluimos que una puerta, sí, y cero ventanas.
A mí me gusta figurarme una puerta de madera, oscura, un poco vieja, con un picaporte simple, no sé de qué material sea específicamente (bronce no,  capaz hierro, o lo que venga), pero definitivamente metálico. Todo rodeado de una pared entre marrón y amarillenta, con la pintura agrietada, un poco, sí, pero que todavía no se llega a caer.

Entonces tenemos  una puerta en medio de la pared, así sin más (salvando los detalles y preferencias particulares). ¿Venimos bien no? Facilongo.

Y bueno al lado de la puerta tenemos una silla, ahí arrimada contra la pared. En mi caso sería una de madera, también, con el respaldo y el asiento rellenos, forrados con cuerina marrón. Nada muy complicado. Podría ser más cómoda en verdad, pero con eso me alcanza. La idea es sentarse un rato, claramente.

Nos sentamos ahí en nuestra sillita pues, y expectantes, expectamos. Hay que matar el tiempo, algunos se llevarán un libro, o le estarán dando al wasá ese que tienen todos ahora, o matarán cigarrillo tras cigarrillo. Cualquier chupete de adulto es válido en este caso. La cosa es sentarse a la espera…

¿De qué?

Bueno verán…

Uno se sienta ahí en la silla, contra la pared, al lado de la puerta y mata el tiempo, trabaja, lee, estudia, hace cosas, lo que sea para matar todo ese rato de espera indefinido, incluso se llega a abstraer y compenetrar en la tarea que está haciendo.
Sin embargo, uno siempre tiene al menos un gramo de atención centrado en la esquina del ojo, o más, depende el caso. La cosa es que siempre anda atento a un costado, de la puerta, de la silla, de uno, viendo que pasa, que se mueve.

Naturalmente, porque nunca se es la única persona sobre la faz de la tierra, uno ve gente (si, así, como con miedito), seres, personas, como les quieran decir, entes incluso (entes humano/ides).
Y puede ser que al instante la comisura del ojo capte una imagen que nos arponee la atención, o puede que de a poco vayamos girando la cabeza al interminable desfile de gente que puede llegar a pasar frente a nuestra puerta y nuestra silla; los más ansiosos están sentados al borde con las manos bajo las piernas capaz, comiéndose las uñas o fumando a rabiar, incluso parados ya dando vueltas frente a la puerta. También puede pasar que en ese ir y venir nos choquemos con alguien, o que alguien nos llame la atención para sacarnos de ese ensimismamiento, con una palabra o un gesto, una tocada de hombro, un tímido “discúlpame…” o lo que sea que venga en el momento.
A veces la cosa es más bien de sopetón, pero en última instancia nos terminamos encontrando ahí parados junto a la silla y la puerta y de relieve contra la pared, cara a cara con otra persona, y de forma más tímida o atrevida (o incluso puede venir de esa otra persona) se materializa en medio de ese aura de silencio incómodo que los divide, una invitación a sentarse a la mesa.


Recitativo: La invitación/La hospitalidad. (allegro)

“¡Momento!...” estarán pensando ustedes, perspicaces lectores. ¿Desde cuándo? ¿Qué no había simplemente una puerta, ahí, de contraste en medio de la pared, sin ninguna ventana, y solamente acompañada por una silla contra la pared, junto a la famosa puerta?
Bueno, este es el momento en que hacemos un zoom-out (es decir, alejamos un poco la cámara, como quien dice), y además de la puerta, ahí de contraste con la pared, la silla, y nosotros (osea “yo” individuo en situación) y la otra persona en cuestión, vemos no sólo otra silla a juego con la primera (o no, como quieran, pero en mi caso sí, de obse nomás), sino que además una mesa (a juego con las sillas ya que estamos, ¿no?). “¡Con razón se ponía a trabajar mientras esperaba!” (Porque seguro los mataba esa intriga, me imagino).

Ambos se sientan a la mesa, que en este caso me gusta pensar rectangular, con uno de los lados más cortos contra la pared, y cada uno sentado a cada uno de los lados más largos. Una mesa con unos años encima, que se usa como mesa pero que en otra época fuera un viejo buró como se le dice, o una suerte de escritorio.
Eso sí, más allá de como elija cada uno ocupar la mesa, hay una caja encima, a un lado, contra la pared, de no mucho tamaño. Pienso en una de esos estuches para guardar habanos, o similar. Una cajita de madera rústica, con tapa, y en ella, pintado al óleo, una inscripción simple que diga: “abrir en caso de fiebre roja”.

Instalados entonces a la mesa, empieza una suerte de charla que intenta ser lo más amena posible a fin de desplazar el aura de incomodidad que probablemente pudiera estar presente, y que pudiera tornarse más densa o no. Un par de ofrecimientos: “¿Fumás? ¿Un cigarrillo? ¿Unos mates? ¿Café o té? ¿Azucar?” por decir los ejemplos más simples y a la mano, una cerveza también quizá, o también nada, porque son meros pretextos para esa charla que dije, que comienza ligera ligera, flotando de las banalidades más variadas, y que irá tejiendo con un poco de suerte una nube que se suspenderá sobre la mesa, los individuos y su proximidad. Este momento de hospitalidad, si se lo quiere llamar así, puede durar desde un rato hasta varios días, incluso tal vez un par de semanas en algunos casos (salvedades en las que este proceso se daría de a pedazos o intervalos por cuestiones objetivas de disponibilidad)

Puede que se estire más o menos, pero eventualmente la charla dará paso a una especie de contienda de miradas. No tanto en el sentido de seducción o provocación (episodio que puede haber sucedido inmediatamente anterior a la chara o a la invitación, incluso durante las mismas) sino un intercambio que suplanta a la comunicación oral, un lenguaje (o no-lenguaje) que se abre camino cuando el lenguaje oral convencional parece no tener cabida o no ser suficiente, y que puede así y todo aparecer intercalado con otros interludios de charlas un poco más espesas y cargadas, que harán que la nube descienda rodeando ya a los individuos.


Primer Interludio:

[No voy detenerme próximamente a explicar qué pasaría si cualquiera de los (sea el “yo” en situación o la otra persona) declina la oferta, o si, en algún momento del transcurso de este proceso puesto en marcha, esta suerte de sinfonía (o de opereta me atrevería a decir, si es que acaso supiera algo de teoría musical) cualquiera pisa el freno, se levanta y se va, o introduce cualquier tipo de negativa, ya que el resultado, salvando cuestiones situacionales (más allá de los detalles del mobiliario, que como ya dijimos están a libre disposición de cada uno de ustedes, así como la representación de los actores en cuestión) sería más o menos siempre el mismo:
la otra persona sale de escena, y el “yo” en situación vuelve a sentarse en la sillita, a dar vueltas frente a la puerta, a abocarse en su labor, o lo que fuere según el caso y se renueva la fase de estoico expectante.]


Coros y danzas: La nube. (presto)

Pero ellos no la notan casi (es decir que la nube tejida cumple su función, que estos sujetos se abstraigan ya no en su labor, quehacer o pasatiempo más o menos automatizante sino en el otro, o mejor dicho, en el efecto que produce la nube que fabrican por acción conjunta). De este modo, ellos se compenetran en el intercambio de miradas, que crecerá gradualmente en intensidad, pasando de aquellas tan livianas y transparentes como el aire mismo, y espesándose ellas cada vez más, tiñéndose de rojo se podría decir, hasta que casi se materializan, se vuelven tan tangentes entre los individuos como hubiera podido serlo el aura de incomodidad allá hace tiempo y a lo lejos. La nube suele tener un período de gestación de semanas a uno o dos meses quizá, dependiendo el caso; y su desarrollo, sujeto a varios factores circunstanciales, puede ir de uno a seis meses (estándar promedio), a veces un poco más. Según las características de los sujetos variará el tiempo en que la nube alcance su máximo desarrollo y posterior masa crítica.

¡Ajá! Si, exactamente, lo que nos lleva a…La masa crítica, como dijera recién. Es ese momento en el cual la mirada (porque en el fragor del intercambio se dio una condensación y materialización tal del intercambio de miradas que casi se puede hablar de un elemento actuante entre los individuos), ya vibrante, inestable, adquiere un carácter en extremo sensible. Una hipersensibilidad tan susceptible como el de una capa profunda de piel, al mínimo roce puede irritarse, así como retorcerse de placer ante la más ínfima caricia.
Es en ese estado de hipersensibilidad cuando tenemos la pauta de que la nube alcanzará su masa crítica: ya no puede sostenerse y está próxima a extinguirse.

Alcanzamos la masa crítica, y ahora… ¿qué? Pues bien, en este punto la condensación de miradas se vuelve tan susceptible y frágil, que al menor índice de  desequilibrio ¡crack! Se fragmenta y se desmenuza en cientos de pedazos. Cae como un polvillo sobre la mesa, y de tan liviano que se vuelve, libre ahora de la violenta intensidad con que manaba de los ojos, se levanta al menor cambo de aire, una brisa, un soplido, un suspiro, un jadeo, flotando en las inmediaciones de la nube casi como una neblina roja.

Segundo Interludio:

[Vale aclarar, volviendo a las consideraciones de variables, que esta es la última oportunidad de cualquiera de los sujetos de retirarse y volver a iniciar el ciclo, de forma más o menos indemne. Si ninguno de los dos presenta deseo de darse la vuelta e irse llegado este momento, se puede decir que han pasado el punto de no retorno, y de ahí en adelante, la única parada es la puerta.]

Aria: La puerta. (prestisimo)

Entre medio de esa nube densa y espesa, que lentamente empieza a morir, lo único que deja ver la neblina roja que se levanta es la cara del otro, y la caja que siempre se mantuvo encima de la mesa, a un lado, contra la pared para una contingencia tan particular como esta. Cualquiera de los dos toma la caja, la coloca en el centro de la mesa, y estando ambos de pie a cada lado se procede a abrirla (puede hacerlo cualquiera de los dos también, o ambos en simultaneo).
Allí encontraran, reposando sobre felpa negra, dos armas, dos pistolas si se quiere, revólveres me gusta pensar, pesados, fríos, pulidos, limpios, listos para dispararse, a tono con los ojos que portan ahora los sujetos, libres de la materialidad de sus miradas.

Cada uno tomará un arma, mientras que a esta altura la nube se ha hecho lo suficientemente ligera (si no se ha disipado casi ya) como para volver a ver algo de los alrededores, y el polvo que formaba una cortina roja va siendo absorbido por los dos, al respirar cada vez con mayor ansiedad. Se les filtra en los pulmones, en los alveolos, en las venas. Arde con masoquismo a lo largo de toda la tráquea, y produce un escalofrío tan fuerte en la médula que  punza con aguja de miedo helado e hincha de esa arrogancia patética que se confunde todo el tiempo como copia barata del valor.

Es costumbre entonces, que el anfitrión, el “yo” en situación, sea el primero en darse la vuelta y se aproxime a la puerta.

Sí, la puerta.

Esa puerta así, de puro contraste contra la pared, sin ventanas, banderolas, tragaluces o misceláneos que la acompañen.
Se parará enfrente, la abrirá como lo sienta, se parará entonces a un lado, y mirando fijamente a la otra persona la invitará a pasar con un ademan.

La otra mano empuña el revolver.

Ahora que la puerta de madera, oscura, un poco vieja, con un picaporte simple pero definitivamente metálico está abierta contra la pared entre marrón y amarillenta, con la pintura agrietada pero que todavía no se llega a caer; se ve detrás del marco tan solo oscuridad, ni siquiera penumbra: el cuarto, sin luces de ningún tipo, sin ventana alguna yace abierto y esta vez es una invitación que ya no tiene otra respuesta más que el sí.
Los dos lo saben, y los dos lo sabían desde el momento en que accedieron a ver la caja.

Del cuarto no se vuelve casi, al menos no se vuelve entero.

Espero junto a la puerta y la otra persona, también revolver cargado en mano, entra a paso suave. La sigo y cierro la puerta detrás de mí.

Una vez adentro solamente nos escuchamos las respiraciones, bocas flotantes en un mar negro que se va llenando del vaho de nuestra amargura.
De a poco nos animamos a movernos y retumban un poco las pisadas, aunque el cuarto no es muy grande. El eco por acá, el eco por allá. La fiebre roja que nos persiste en las venas y nos late en las sienes; la mirada vacía, gélida, metálica que ya no sirve de nada en esa ceguera; solo se puede levantar el cañón y disparar nuestra angustia.
Entonces las palabras vuelven. Ladran las armas con estruendo entre esas cuatro paredes de mierda y cada sílaba ilumina por un instante todo y todo se vuelve a apagar. Si siento que algo me quema el costado, que me hunde el pecho de una puntada, si la siento justo detrás del hombro, aprieto los dientes con rabia, me sacudo un poco, me agacho, giro y me aseguro de repartir a mi alrededor todo: una y otra y otra y otra y otra y otra… frenéticos y sin parar, hasta que nos quedamos sin palabras y queda el chasquido de las gargantas secas, el humo que llenó la habitación, los ojos hinchados y empapados y el cuerpo que nos sangra por mil heridas.
Me paro muy, muy de a poco, ayudándome con la pared e intento escuchar la respiración de la otra persona. Nada, o casi nada, apenas un suspiro muy leve. Pero no importa que pase ya.

Yo me abro paso por el cuarto, trastabillando a cada rato por los pies pesados, la falta de fuerza, y el piso regado de toda la porquería que depuró la boca. Resbalo. Me vuelvo a parar (cada vez es más difícil). Sigo a los tropezones, muy lentamente, hasta que con manos torpes encuentro el picaporte.

Salgo y escucho los pájaros molestando ya mientras el sol de la mañana empieza a amagar. Miro mi palma, manchada de la sangre que me gotea groseramente de una herida infecciosa en el pecho, casi como un insulto, y la apoyo firme en la cara interna de la puerta, dejando una marca al lado de otras cinco similares que ya estaban.

Cierro la puerta empujándola, me arrastro hasta la silla.
Tiro el revolver en la caja con felpa y me enciendo un cigarrillo.

Entorno los ojos y espero.

O me desangro lo que me  queda de podredumbre, o se cierran los disparos y vuelta a esperar.

viernes, 6 de marzo de 2015

Faroles Chinos

El wincofon que toca a medias las canciones de los Beatles.
El invierno que para octubre todavía no se quiere ir.
Viajar del piso al sillón a la pieza en abrazo,
con el olor del palo santo metido en el pelo.

Los faroles chinos, las plantas,  el humo,  el whisky,
el calor desubicado de una primavera histérica.
El saludo cómplice y qué lindo bailás,
y cómo carajo se llamaba esto no me acuerdo ni me importa.

El ventilador a dos por hora,
la humedad densa de una tormentita en noviembre.
Te encontrás un moretón en la rodilla y yo,
algo que hacía rato no me animaba a ver.


 
El barrio chino,
la febreridad de capital me fermenta el alma,
y se me cuela el escalofrío del paso del tiempo, y de crecer,
porque las palabras ya no se me arremolinan adentro.

La brisa de Belgrano y la cerveza helada,
el sincericidio del lenguaje que salta por el balcón
con un manojo de miedos en las manos,
y prende fuego el cielo.

La cabeza en blanco y la boca al rojo,
que arda el mundo hasta que no nos quede aliento.
Si la lengua se nos vuelve en contra, si la boca se nos llena de pólvora,

todo habrá valido la pena.  Todo habrá sido igualmente hermoso.

martes, 3 de marzo de 2015

Ícaro sueña.

Sale el sol arisco
ante un mundo minúsculo,
etéreo.

Una burbuja muda
nacida de un chispazo,
con dos lunas castañas.

Flota en algún lugar
entre dos orejas coloradas de frío,
envuelta en una nube de humo

sin saber que puede pulverizarse
con un simple


“hola”.

martes, 17 de febrero de 2015

Tips para sobrellevar el insomnio.

Lavar los platos, fumarse un pucho, hacerse un té.

Lavarse los dientes, poner la alarma, apagar la luz.

Terminar un libro, escuchar música, apagar la luz.

Pensar en el libro, pensar en uno, pensar en el significado de la vida.

Cambio de pose.

Preguntarse por la metafísica, preguntarse por la patafísica.

Preguntarse dónde estará el diccionario.

Vuelta y vuelta.

Prender la luz, fumarse un pucho, empezar otro libro.

Dejarlo por la mitad. Apagar la luz.

Levantarse a tomar agua.

Hacer una lista mental de lo que hay que hacer en la semana.

Acostarse de nuevo.

Imaginar la vida siendo una persona totalmente distinta.

Volver al cuerpo propio. Acordarse de cosas al azar.

Acordarse de cosas no tan al azar.

Tratar

de  vaciar

la mente.

[…]

Una hora y cambio de pose.

Acordarse de lo que estaba pensando. Acordarse de gente.

Para nada al azar.

Prender la luz, abrir el libro empezado, perder por completo la concentración.

Sentarse a escribir sandeces. Borrarlas . Reescribirlas . Borrarlas.

Intentar estudiar. Intentar trabajar. Ver una película.

Apagar la alarma.

Tomar mate. Abrir de nuevo el libro. Cabecear.

Cagarse de calor. Bañarse. Salir a la calle.

Hacer trámites. Almorzar. Donarle tiempo al internet.

Tomar café. Salir. Hacer compras, ver gente, preocuparse por la vida.

Cocinar, cenar, lavar los platos.

Fumarse un pucho, hacerse un té, ver la tele.

Lavarse los dientes, poner la alarma, apagar la luz.


Repetir el tiempo que sea necesario.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Radioproblemitas

Buenas, amigues que cada tanto o seguido pasan por este rincón trasheado. Hoy simplemente molesto para avisarles que este mismo miércoles 11 (es decir HOY) a partir de las 19 horas Mr. Ö va a estar en el programa Arte Y Conciencia (que, si no me equivoco, hoy emitirá su segunda edición) leyendo un par de cosas, de las que ya conocen, y un par de adelantos de lo que podría ser un nuevo fanzine. Desde ya gracias a la grosa de Yamel, que aparte de dibujar como ya nos tiene acostumbrados, nos invitó al programa del que está siendo parte. Por este link pueden escucharlo:

www.cuatrode.com